Cuando la Mente se Vuelve Escenario del Duelo

Un camino junto a Sharon

La muerte deja cicatrices en muchos lugares a la vez.
En el cuerpo, en la casa, en la rutina.
Pero hay un territorio donde el duelo se hace especialmente ruidoso… La Mente.

Perder a Sharon ha sido, hasta ahora, el dolor más grande de mi vida. No solo por su ausencia física, sino por lo que su partida hizo dentro de mi cabeza. De repente, mis pensamientos se convirtieron en un espacio donde todo era demasiado: culpa, miedo, incredulidad, recuerdos, frases dichas y no dichas.

Durante un tiempo intenté usar la mente como aliada, como si pensar “mejor” pudiera aliviar el peso de la pérdida. Hoy lo miro con más humildad: hubo días en que mi mente me acompañó… y otros en los que fue el lugar donde el duelo dolió todavía más.

Este texto no habla del “poder del pensamiento”, sino de algo más frágil:
Cómo los pensamientos pueden acompañarnos, enredarnos, sostenernos o castigarnos cuando alguien a quien amamos ya no está.

El impacto de la pérdida: el día que Sharon se fue

El día que Sharon murió, la realidad fue brutal y sencilla al mismo tiempo: ella ya no estaba. Ese hecho, por sí solo, era imposible de aceptar.

Pero mi mente no se conformó con la realidad.
Se encargó de multiplicarla.

Aparecieron pensamientos como:

  • “¿Cómo voy a vivir sin ella?”
  • “No puedo seguir sin mi guía.”
  • “Debí hacer más por ella.”
  • “Nunca voy a volver a estar bien.”

La mente tomó un evento —su muerte— y lo convirtió en un veredicto sobre mi vida, mi valor, mi futuro. No eran simples ideas; se sentían como sentencias.

Hoy puedo decir que esos pensamientos no eran “errores” en el sentido técnico. Eran una forma desesperada de expresar amor y miedo:
La necesitaba, no era justo, no quería que fuera verdad.

El problema vino cuando empecé a creer que lo que pensaba en mis peores horas era la única versión posible de la realidad. Si mi mente decía “no puedo seguir”, lo tomaba como un hecho. Si decía “es mi culpa”, lo trataba como una verdad que no se podía discutir.

Me tomó tiempo entender que el duelo no solo trata de lo que pasa afuera, sino también de lo que la mente hace con lo que pasa.

Pensamientos que acompañan el duelo… y el doble filo de algunos de ellos

En el camino del duelo, descubrí pensamientos que parecían casi universales. Algunos eran muy oscuros. Otros sonaban amables, casi luminosos. Ambos tipos dejaron huella.

Entre los más duros estaban:

  • “Nunca voy a superar esto.”
  • “Es mi culpa.”
  • “Debería haber hecho más.”
  • “No puedo vivir sin Sharon.”

Esas frases no solo reflejaban mi dolor; lo amplificaban. Me dejaban atrapado en un círculo donde el sufrimiento no tenía salida posible. Cada recuerdo se convertía en reproche. Cada silencio, en acusación.

Pero también hubo pensamientos que parecían más suaves:

  • “Es normal sentirme así.”
  • “Con el tiempo, voy a encontrar un poco de paz.”
  • “Puedo honrarla, aunque esté roto.”

Durante un tiempo, estas ideas me dieron algo de aire. Me recordaban que el dolor no era un fallo moral ni una prueba de debilidad. Aun así, con los días descubrí que incluso los pensamientos “bonitos” pueden volverse exigencias disfrazadas.

“Con el tiempo encontraré paz” puede consolar, pero también puede convertirse en un mandato:
ya debería estar mejor, si no estoy en paz, es porque algo hago mal.

“Puedo honrarla viviendo plenamente” puede ser una aspiración honesta, pero también una carga:
si hoy no tengo fuerzas para vivir plenamente, ¿la estoy traicionando?

Aprendí que un pensamiento no deja de generar presión solo porque suene positivo. Lo que marca la diferencia no es la frase en sí, sino desde dónde la escucho: como posibilidad, o como obligación.

Lo que intenté con mi mente

En medio del caos, probé distintas formas de relacionarme con mis pensamientos. No como recetas para sanar, sino como intentos de no hundirme más de la cuenta.

Algunas veces ayudaron.
Otras, simplemente hicieron visible que no estaba listo.

Hablarme de otra manera

Cuando mi mente decía “Nunca vas a salir de esto”, intentaba responder con algo un poco menos absoluto:

“No sé cómo será el futuro, pero hoy estás respirando.”
“Tal vez no se trata de salir, sino de aprender a vivir con esto.”

No era una batalla de frases motivacionales. Era casi un ajuste de volumen: bajar el tono de lo definitivo para abrir un mínimo espacio a la duda.

Unos días funcionaba: el pensamiento perdía fuerza.
Otros, la frase alternativa sonaba vacía y la dejaba pasar, sin pelear.

Respirar en medio del ruido

En ciertos momentos, lo único que pude hacer fue sentarme, cerrar los ojos y respirar. Nada sofisticado. Solo acompañar el cuerpo unos minutos.

A veces, esos momentos eran un pequeño refugio. El dolor seguía allí, pero al menos no estaba corriendo internamente detrás de cada pensamiento.

Otras veces, estar en silencio resultaba insoportable: la mente se volvía más ruidosa y el cuerpo más inquieto.

Aprendí que la calma no siempre llega porque uno la invoque. Y que obligarse a estar presente puede ser otra forma de violencia si lo que hay en el presente es más de lo que uno puede sostener.

Escribir para no reventar por dentro

Empecé a escribirle a Sharon. Cartas que nunca iban a llegar a ningún buzón. También escribí lo que pensaba de madrugada, sin filtro.

No voy a decir que escribir transformó mi duelo en algo luminoso. Lo que sí hizo fue darle una salida al torbellino interno.
Ver en el papel: “Es mi culpa” me permitía, aunque fuera en voz baja, escribir al lado: “¿Seguro?”.

Escribir no resolvió mis pensamientos, pero los volvió más observables.
Y cuando algo se puede mirar, a veces duele un poco distinto.

Hablar con otros

Hubo conversaciones que fueron salvavidas silenciosos… con mi hijo, con mi nuera, con personas cercanas que amaban también a Sharon. Compartir recuerdos, decir “hoy estoy peor que ayer”, llorar sin traducir, hizo que mi mente no se sintiera tan aislada.

Otras veces, hablar era agotador. Explicar una y otra vez el mismo dolor, responder a preguntas que no tienen buena respuesta, sonreír por educación cuando por dentro solo había cansancio.

También aprendí que no toda escucha alivia.
Pero tener al menos un par de personas a quienes se les puede decir la verdad sin maquillaje, cambia la experiencia del duelo dentro de la mente.

Palabras que ahora uso con más cuidado

Durante un tiempo, me aferré a ideas como:

  • “El dolor me está enseñando.”
  • “Esto me hará más fuerte.”
  • “Cada lágrima es una oportunidad para crecer.”

Hoy miro esas frases con otra distancia. No las condeno del todo; sé que en algún momento me dieron sensación de control. Pero también reconozco su peligro.

Convertir el dolor en maestro obligatorio puede sonar profundo, pero tiene un costo:
deja poco espacio para aceptar que a veces el sufrimiento no enseña nada, solo duele.

Lo mismo con la fuerza:
No cada persona en duelo sale más fuerte. Algunos salimos más cansados, más frágiles, más conscientes de nuestra vulnerabilidad. Y eso no nos hace menos humanos ni menos dignos.

En cuanto a “transformar cada lágrima en esperanza”, hoy me parece una presión imposible.
Hay lágrimas que son solo eso: agua salada saliendo de un cuerpo que no sabe qué hacer con tanta ausencia. Pretender que cada una traiga una revelación es una forma sutil de no respetar el peso del duelo.

Sigo creyendo en la gratitud, en el perdón, en el amor. Pero ya no los veo como “pilares de sanación”, sino como palabras delicadas que hay que pronunciar despacio, sin usarlas como receta para quienes todavía no pueden acercarse a ellas.

Honrar a Sharon sin exigirle al dolor que me mejore

Sharon sigue siendo, para mí, una presencia diaria.
En recuerdos, en gestos que repito sin darme cuenta, en frases que todavía escucho con su voz. Durante un tiempo pensé que la forma de honrarla era convertir mi duelo en testimonio de crecimiento, en ejemplo de cómo transformar el sufrimiento en algo noble.

Hoy lo veo distinto.

Honrarla no pasa, para mí, por demostrar fortaleza ni por mostrar al mundo lo mucho que he “crecido” tras su muerte.
Honrarla es:

  • Seguir diciendo su nombre sin miedo a incomodar;
  • Permitir que su recuerdo me quebrante cuando tenga que hacerlo;
  • Intentar no volverme cínico, aunque la vida haya demostrado ser menos justa de lo que creía;
  • Cuidar a los que ella amaba, aunque yo no tenga todas mis piezas en su sitio.

Mi compromiso ya no es “sanar” a toda costa.
Es tratar de vivir de un modo que no traicione lo que Sharon significó para mí, incluso cuando mis pensamientos no se ponen de acuerdo, incluso cuando vuelvo a sentir que no puedo más.

Nota…

Sigo probando formas de convivir con lo que mi mente hace con el duelo. Hay días en que los pensamientos son más amables. Otros en los que vuelven las viejas frases de culpa y agotamiento, como si el tiempo no hubiera pasado.

Comparto esto porque estoy cansado de discursos que convierten la mente en una herramienta casi mágica:
“Piensa distinto y te dolerá menos”.
A veces hay pequeños cambios internos que alivian algo. Otras veces, lo más honesto que podemos hacer es admitir que la mente está desbordada y que no tenemos un manual para domarla.

Si estás en duelo y tus pensamientos te parecen excesivos, crueles o contradictorios, no eres una excepción defectuosa. Eres alguien herido lidiando con una mente que intenta —torpemente— darle forma a lo que no la tiene.

No puedo prometerte que algún día todo esto tendrá sentido. Yo mismo no llego ahí. Pero sí he visto algo: incluso en los días en que mi mente se llena de frases duras, hay una pequeña verdad que sigue repitiéndose, bajito:

“Esto me supera.
Y, aun así, sigo aquí.”

Al menos por ahora, me alcanza con eso. Y tal vez, si lo piensas despacio, también pueda alcanzarte a ti.

Germán A. DeLaRosa -Autor de la Serie CorazónValiente

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