Desde el Silencio…
Carta a Sharon
en memoria de sharon…
Carta a Sharon: desde el silencio, todavía…
A Sharon, mi esposa, compañera, amiga y cómplice
Hany:
He escrito tres libros intentando acercarme a lo que vivimos, a tu enfermedad, a tu muerte y a esta vida que continúa sin parecerse a la que imaginamos.
Pensé que escribir me ayudaría a comprender. Hoy sé que hay cosas que no se comprenden. Se nombran. Se rodean. Se visitan desde distintos lugares, sin conseguir encerrarlas en una explicación.
Tu muerte no ocurrió para enseñarme algo.
No fue necesaria para que yo encontrara un propósito. No fue una lección escondida, una prueba enviada para hacerme más fuerte ni una pieza de algún plan que todavía no alcanzo a entender.
Si algo he aprendido después de escribir estos libros es a desconfiar de las explicaciones que intentan volver tolerable lo intolerable.
Habría preferido no aprender nada y tenerte aquí.
Preferiría escucharte silbar desde otra habitación. Verte mirar por encima de los lentes antes de decir algo definitivo. Encontrarte en la cocina probando la salsa con un pedazo de pan y decidir, con esa autoridad tuya, que todavía estaba “negociable”.
Preferiría seguir discutiendo contigo sobre el frío, los viajes, las fechas, los proyectos y todas esas pequeñas cosas que parecían ordinarias porque ignorábamos lo extraordinario que era poder vivirlas juntos.
Durante mucho tiempo te recordé principalmente desde el final: la enfermedad, las decisiones imposibles, el miedo, el cansancio y todo aquello que no supimos decirnos a tiempo.
Pero tú no eres solamente la mujer que murió.
Eres la muchacha que conocí en febrero de 1973, en medio del Carnaval de Barranquilla. La mujer que sabía hacer hogar en geografías distintas. La que cuidaba, cocinaba, organizaba y recordaba. La que podía ser tierna y firme, luminosa y cansada. La que tenía miedo y aun así tomaba decisiones.
Eras esposa, madre y abuela, pero también eras Sharon: una mujer con deseos propios, límites, contradicciones, humor, intuición y una dignidad que la enfermedad nunca consiguió arrebatarte.
Ahora entiendo algunas de tus decisiones de una manera que llegó demasiado tarde.
Entiendo que no querías simplemente más tiempo. Querías que el tiempo que quedara todavía te perteneciera. Querías seguir siendo tú y no convertirte únicamente en un cuerpo sometido a tratamientos, cifras y protocolos.
Yo confundí muchas veces amar con insistir.
Creí que luchar siempre era la mayor demostración de amor. No sabía que también existe una forma de amar que escucha, que respeta un límite y que acepta detenerse cuando continuar significa borrar a la persona que intentamos salvar.
Lo siento, Hany.
Lo siento por las veces que mi miedo habló más alto que tu voz. Por las preguntas que no hice. Por las respuestas que no supe escuchar. Por haber tardado tanto en comprender que tu cuerpo seguía siendo tuyo, incluso cuando todos queríamos retenerte.
También he comprendido que mi dolor no me pertenece solamente a mí.
Esteban perdió a su madre. Tu nieto perdió a su Abuela’illa. La familia perdió uno de sus centros. Cada uno lleva una ausencia distinta, aunque pronunciemos el mismo nombre.
Tu “corazón valiente” nunca fue una consigna sobre no tener miedo.
Nació de algo concreto: del amor de tu nieto, de aquel pequeño corazón de madera que sostuviste durante tus últimas semanas y de la forma en que convertías los gestos pequeños en vínculos capaces de sobrevivirnos.
Tener un corazón valiente no significa vencer la adversidad ni transformarla obligatoriamente en crecimiento. A veces significa reconocer que tenemos miedo. Decir que no podemos más. Pedir compañía. Proteger nuestra dignidad. Seguir amando sin fingir que el dolor tiene una explicación.
ProyectoTrípode también ha cambiado.
Antes hablaba con facilidad de transformar la adversidad, encontrar significado y descubrir el propósito detrás de cada experiencia. Ya no puedo hablar de esa manera. Tu muerte rompió ese idioma.
Este proyecto no existe porque tu muerte haya sido necesaria.
Existe porque tú exististe y porque, después de perderte, necesitaba un lugar donde decir la verdad sin convertirla en enseñanza.
ProyectoTrípode ya no pretende explicar el dolor. Quiere acompañarlo. No quiere prometer sanación, superación ni respuestas definitivas. Quiere ofrecer presencia a quienes atraviesan la enfermedad, el cuidado, la finitud y el duelo; recordarles que no tienen que hacer algo admirable con su sufrimiento para merecer compañía.
Pero incluso esto me produce una incomodidad que no quiero ocultar: estos libros existen porque tú moriste.
Mi voz pública se ha levantado sobre los escombros de nuestra vida compartida. Hay días en que escribir me parece una forma de honrarte y otros en que temo estar utilizando lo irreparable para construir algo que lleva mi nombre.
No tengo una respuesta limpia para esa culpa. Tal vez no exista.
Solo puedo escribir con honestidad, cuidar tu historia y procurar que nunca quedes reducida a personaje, símbolo, paciente o lección. Recordar que esta obra habla de mi experiencia contigo, pero que tu vida fue mucho más grande que aquello que yo alcanzo a contar.
No escribo esta carta para despedirme.
Tampoco para cerrar un capítulo, sanar una herida o demostrar que he seguido adelante. Hay heridas que no cierran de esa manera. Hay ausencias que no se superan. Uno aprende, con torpeza, a construir espacio alrededor de ellas.
Sigo hablando contigo. Sigo escribiéndote.
A veces te encuentro en una palabra, en una fecha, en una comida, en el silbido inesperado de alguien que pasa cerca. Otras veces no te encuentro en ninguna parte, y tu ausencia vuelve a ser tan concreta como el primer día.
Hay días en que puedo sostener nuestra historia con gratitud.
Hay otros en que habría cambiado todos los aprendizajes, todos los libros y todas las palabras por una tarde más contigo.
Ambas cosas son verdad.
No sé si algún día comprenderé completamente lo que ocurrió. Ya no necesito obligarme a hacerlo. Me basta con dejar constancia de que estuviste aquí, que fuiste profundamente humana, que te amé de manera imperfecta y que continúo aprendiendo a escucharte incluso ahora, cuando solo responde el silencio.
Sigo aquí, Hany.
No para convertir tu ausencia en propósito.
No para sanar de ti.
Para recordarte.
Para cuidar lo que vivimos.
Para decir tu nombre sin clausurar nada.
Y cuando el tiempo me devuelve al muchacho de diecisiete años que te vio por primera vez en medio del Carnaval de Barranquilla, comprendo que ese instante continúa siendo el lugar más verdadero de nuestra historia.
Sharon…
Te encontraré en el comienzo.
Febrero de 1973
