Entre la imaginación útil y el optimismo que cobra intereses

Entre la imaginación útil y el optimismo que cobra intereses

Hay una hora —casi siempre tarde— en la que el teléfono se vuelve un altar portátil. No porque recemos frente a él con manos juntas, sino porque le pedimos cosas con la misma urgencia con la que antes se le pedía a Dios: paz, salud, dinero, amor, un giro de guion. A esa hora aparece la palabra manifestación como si fuera un salvavidas: “decláralo”, “siente que ya es tuyo”, “vibra alto”, “alinea tu frecuencia”. Y uno, cansado, vulnerable, con el mundo encima, entiende por qué seduce.

La promesa es limpia y brutal: tu mente moldea tu realidad. No como metáfora —no como orientación interna—, sino como mecanismo. Si piensas bien, atraes bien. Si sientes fuerte, ocurre. Si crees sin fisuras, el universo obedece. La manifestación ofrece algo precioso en tiempos de incertidumbre… causalidad. Un puente privado entre deseo y resultado.

Y, sin embargo, en duelo —y en cualquier forma de intemperie— hay un fenómeno silencioso que vuelve ese puente más convincente… la facilidad cognitiva. Es eso que pasa cuando algo sobre la pérdida o el miedo se presenta “suave” y la mente dice: sí, esto encaja… incluso si por dentro no encaja nada.

Es la sensación de comprensión —y a veces de alivio— que aparece cuando una frase, una explicación o un ritual se procesa sin esfuerzo. En estados de vulnerabilidad, esa suavidad puede ser un refugio momentáneo o una trampa delicada… porque lo fácil de tragar no siempre es lo verdadero, y lo verdadero rara vez llega sin aspereza.

No estoy escribiendo esto para burlarme de quien practica la manifestación. Conozco ese hambre de sentido. Conozco esa necesidad de agarrarse de algo cuando lo real se vuelve demasiado real. También sé que hay personas que, sin llamarlo así, han usado la imaginación como brújula: visualizar para sostenerse, para no rendirse, para insistir. Hay algo legítimo en esa fuerza interna. La pregunta no es si imaginar sirve. 

La pregunta es qué precio pagamos cuando confundimos imaginar con mandar.

Porque, dicho sin espectáculo… hay deseos que no se cumplen aunque los pronunciemos con voz firme. Hay pérdidas que no se revierten aunque “alineemos la energía con el universo”. Hay diagnósticos que no negocian con afirmaciones ni con excesos de fe. Hay estructuras —económicas, sociales, históricas— que no se derrumban porque alguien “vibró alto”. 

…Y hay azar. Hay biología. Hay finitud.

El problema es que la vida —cuando se pone seria— rompe puentes sin avisar. Y ahí es donde la manifestación deja de ser un recurso psicológico y se convierte en un tribunal moral.

Un lenguaje antiguo con ropa nueva

La manifestación se vende como modernidad, pero huele a antiguo: es una forma de oración secular. Cambia el destinatario, no la necesidad. En vez de pedir, decretamos. En vez de esperar, atraemos. En vez de confiar en una providencia, confiamos en una “ley”. Se reemplaza a Dios por el Universo —con mayúscula—, y al milagro por la energía. El mecanismo varía según la escuela: vibraciones, frecuencias, magnetismo, “coherencia”, “campo cuántico” pronunciado con una seguridad que no siempre resiste la ciencia. Pero la estructura emocional es la misma: si hago esto por dentro, algo se moverá afuera.

En ese sentido, la manifestación no es solo una moda. Es una respuesta cultural al pánico contemporáneo. A la fragilidad laboral. A la intemperie afectiva. A la sensación de que todo puede colapsar en un correo electrónico. Frente a eso, aparece una idea tranquilizadora: si el mundo es inestable, al menos mi mente es un interruptor.

No es poca cosa. Vivimos en una época que nos exige optimismo como requisito de ciudadanía. Sonríe. Adáptate. Produce. “Gestiona” lo que te pasa. La manifestación encaja perfecto en ese paisaje: ofrece control sin confrontación, esperanza sin conflicto, resultados sin luto. Una esperanza que se parece demasiado a rendimiento.

Pero hay una línea —delgada, peligrosa— entre usar la mente como herramienta y convertirla en explicación total. Esa línea se cruza cuando el método no solo promete resultados, sino que reparte culpas.

Ahí la suavidad deja de ser consuelo y empieza a ser doctrina.

“Llama las cosas que no son…”

Romanos 4:17 dice, en una traducción muy citada: “llama las cosas que no son como si fueran”. En el texto, el sujeto del verbo importa: no es “el creyente”, no es “tu pensamiento”, no es “tu decreto”. Es Dios. El pasaje habla de un poder creador que no depende de la mente humana, sino de una fidelidad divina. La frase no está diseñada para inflar el ego; está escrita para sostener una fe que mira lo imposible sin apropiárselo.

La espiritualidad popular —y ciertas corrientes de prosperidad— han hecho una operación silenciosa: mover el sujeto. Donde antes se atribuía creación a Dios, se la atribuye al individuo. Donde antes había promesa y misterio, se instala método. Donde antes había dependencia, se instala control. El resultado es una teología del yo (o su versión secular): si digo, pasa; si creo, obtengo; si fallo, es que no creí bien.

Este desplazamiento no es inocente. Cambia la pregunta. En vez de “¿qué sentido puedo encontrar en lo que no controlo?”, la vida se reduce a “¿qué fórmula no apliqué?”. En vez de “¿cómo sostengo la pérdida?”, aparece “¿qué hice mal para atraerla?”.

Y cuando la pregunta cambia así, la compasión empieza a perder terreno.

Porque el método no solo promete. El método vigila. El método mide. El método sospecha. El método convierte la vida en examen, y a la persona en proyecto. Y eso —para quien ya viene herido— puede ser devastador.

El costo moral de las frases bonitas

Hay un tipo de consuelo que parece suave, pero muerde. Lo reconoces porque siempre llega con una explicación total. En el fondo dice: si te pasó, algo hiciste. A veces lo disfraza con espiritualidad, a veces con psicología de Temu. Pero el mensaje es el mismo: la realidad es un espejo exacto de tu interior.

Ese mensaje es tentador porque es ordenado. También es cruel porque no admite lo que la vida trae: injusticia, azar, enfermedad, accidentes, condiciones sociales, violencia. Cuando se instala, convierte la compasión en diagnóstico y la solidaridad en sospecha.

Hay un inventario posible —uno breve— de frases que suelen parecer luminosas, pero que dejan a la gente sola cuando más necesita compañía:

  • “Si no llegó, es porque no estabas alineado.”
  • “Lo atraes por tu energía.”
  • “Repite: ya es tuyo.”
  • “Tu realidad es tu responsabilidad total.”
  • “Nada es casualidad.”
  • “El universo te lo está devolviendo.”
  • “Decretar es obedecer una ley espiritual.”
  • “Si lo imaginas con suficiente emoción, ya está hecho.”

No todas se dicen con mala intención. A veces se dicen para no mirar el dolor de frente. A veces se dicen para que el otro no nos contagie su fragilidad. A veces para creer que estamos a salvo: si la realidad es justa y matemática, entonces a mí no me pasará… mientras haga bien las cosas.

Pero la vida no firma ese contrato.

Y aquí conviene decirlo con claridad: el problema no es que esas frases “suenen bien”. El problema es que, en momentos de desesperación, la suavidad se confunda con evidencia. Que la facilidad cognitiva —esa comprensión sin fricción— se convierta en prueba. Como si entender rápido fuera sinónimo de verdad. El dolor serio, casi siempre, se entiende lento.

Psicología o magia: la confusión útil

Parte del poder de la manifestación viene de que mezcla cosas reales con afirmaciones absolutas. Es cierto que la mente orienta la acción. Es cierto que el lenguaje interno puede sabotearnos o impulsarnos. Es cierto que la visualización se usa en deporte, en terapia, en procesos de aprendizaje. Es cierto que los hábitos mentales moldean la forma en que percibimos oportunidades, persistimos, construimos relaciones.

Cuando alguien se dice “no puedo”, actúa como si no pudiera. Cuando alguien se permite imaginar “tal vez sí”, abre un margen de movimiento. La imaginación puede funcionar como faro: no crea el puerto, pero ayuda a remar hacia él.

El problema aparece cuando se confunde el faro con un interruptor cósmico. Cuando la imaginación deja de ser orientación y se presenta como palanca universal. Esa confusión tiene un nombre en psicología: pensamiento mágico. No el pensamiento simbólico —que es humano y necesario—, sino la creencia de que un acto mental, por sí solo, produce efectos externos de manera directa y garantizada.

Y la garantía es el anzuelo.

Porque lo que de verdad buscamos no es “pensar mejor”. Lo que buscamos es que la incertidumbre no exista. 

  • Que el azar no mande. 
  • Que el cuerpo no falle. 
  • Que el otro no muera. 
  • Que el tiempo se devuelva.

Aquí la manifestación se vuelve una especie de seguro emocional: “Si hago lo correcto por dentro, nada terrible me tocará”. Por eso, muchas veces, el discurso es tan agresivo con quien sufre: su sufrimiento es una amenaza a la fantasía de control de los demás. Si el dolor ajeno puede explicarse como falla de vibración, entonces la tragedia sigue siendo negociable… y el mundo vuelve a sentirse seguro.

Es un mecanismo comprensible. Y, a la vez, profundamente injusto.

El cuerpo no vibra: tiembla

Hay una dimensión que la manifestación suele saltarse: el cuerpo. No el cuerpo como “contenedor de energía”, sino el cuerpo como biología vulnerable. El cuerpo que no duerme. El cuerpo que se queda en guardia. El cuerpo que se enferma. El cuerpo que tiembla cuando escucha una palabra, cuando entra a un hospital, cuando ve una silla vacía.

La manifestación habla como si el ser humano fuera una antena: emite, atrae, recibe. Pero el ser humano también es animal: respira, se altera, se fatiga. Y en esa parte animal ocurre algo importante: muchas veces no es la mente la que gobierna, sino el sistema nervioso. 

No es “falta de alineación”. Es supervivencia.

Por eso hay un límite ético que vale la pena sostener: no todo lo que te pasa es una consecuencia de tu interioridad. 

  • Hay cosas que son… simplemente, el mundo golpeando. 
  • Hay cosas que son historia. 
  • Hay cosas que son sistemas. 
  • Hay cosas que son genética. 
  • Hay cosas que son violencia. 
  • Y hay cosas que son muerte.

Nombrar eso no es pesimismo. Es respeto por la realidad.

Cuando el duelo escucha “tú lo atrajiste”

Hay un tipo de dolor que no se deja teorizar. El duelo es uno. No porque sea “irracional”, sino porque toca lo que no se negocia: la ausencia. La muerte no es un problema de enfoque. Es un hecho. Un hecho que desordena el lenguaje, el sueño, el sistema nervioso, la identidad. El mundo sigue su ritmo habitual y el doliente camina en otro compás.

En ese estado, escuchar “manifiesta tu sanación” o “manifiesta tu paz” puede sonar a ayuda. Y a veces funciona como placebo emocional: te da una frase para atravesar el día. Pero también puede introducir una trampa: si no mejoras, es porque no lo hiciste bien. Si sigues llorando, es porque te aferras. Si te deprimes, es porque no vibras alto.

Esa lógica castiga lo más humano del duelo… su lentitud. Sus contradicciones. Su rebeldía. Su biología.

Hay personas que, después de una pérdida, se vuelven vigilantes de sí mismas: se observan como si fueran un proyecto fallido. Se reprochan pensamientos. Se censura la tristeza. Se exige “elevar frecuencia” como quien se exige resultados. Y cuando no pueden —porque nadie puede— se sienten doblemente derrotadas: por la pérdida y por el supuesto fracaso espiritual.

En el duelo, además, ocurre algo que pocas frases motivacionales contemplan… el amor no se apaga por decreto. El vínculo no se “alinea”. La mente puede repetir mil veces “acepto, suelto, agradezco”, y aun así el cuerpo despertarse a las 3:17 con la costumbre de buscar al otro en la cama. Eso no es falta de fe. Es memoria corporal. Es un contrato antiguo de convivencia que sigue vigente en el sistema nervioso aunque la realidad lo haya roto.

El duelo no necesita método que lo convierta en culpa. Necesita presencia. Necesita permiso para no entender. Necesita verdad.

Y cuando la manifestación se mete ahí con su promesa rápida, lo que hace no es acompañar: hace presión.

El mercado de la esperanza y la privatización del problema

Hay otra capa que conviene mirar: la economía de estas ideas. La manifestación se ha vuelto un producto perfecto porque convierte un problema complejo en una tarea individual. Si no te alcanza el dinero, “trabaja tu mentalidad”. Si no llega el amor, “sana tu energía”. Si estás enfermo, “alinea tu vibración”. El mundo —con sus injusticias— queda fuera de la ecuación. Lo sistémico se vuelve invisible. Y todo termina en el mismo lugar… tú, con tu mente, intentando corregirte.

Esa privatización del dolor es cómoda para el sistema. También es rentable… genera consumo perpetuo. Porque si el problema es tu interior, la solución es infinita… más cursos, más guías, más retiros, más afirmaciones, más “subir frecuencia”. Nunca se termina. Nunca alcanza. Siempre habrá algo más que ajustar.

La esperanza, entonces, deja de ser virtud y se vuelve industria.

Y cuando la esperanza se industrializa, algo humano se pierde: el derecho a decir “esto es injusto” sin que te respondan “atrajiste esa realidad”.

Lo rescatable, sin idolatría

¿Entonces qué hacemos con todo esto? No me interesa la postura fácil de “todo es mentira”. La manifestación, en su forma más sobria, puede leerse de otra manera: no como magia, sino como disciplina de atención. Como recordatorio de que lo que cultivamos por dentro influye en lo que hacemos por fuera. Como forma de clarificar deseo. Como una narrativa que empuja a actuar. Como una manera de no rendirse antes de empezar.

Pero para que sea humana, necesita perder dos cosas: su absolutismo y su crueldad.

Necesita aceptar que el mundo no es un espejo perfecto. Que hay límites. Que hay injusticia. Que hay historias que no se resuelven con intención. Que hay puertas que no abren aunque golpeemos con fe. Que hay pérdidas que no se compensan.

Y al mismo tiempo, puede conservar algo… la imaginación como herramienta humilde. No para mandar, sino para orientar. No para negar la finitud, sino para vivir dentro de ella sin rendirse del todo.

Tal vez el punto no sea “manifestar” como quien exige, sino imaginar como quien enciende una lámpara en un cuarto oscuro… la lámpara no cambia la arquitectura, pero evita que te golpees contra todo.

Hay gente que llama a eso esperanza. A mí me gusta una versión más sobria… resistencia mínima. Hacer café. Regar una planta. Escribir una página. Salir a caminar aunque no haya ganas. No porque “el universo responde”, sino porque la vida —esta vida limitada— se sostiene con actos pequeños, imperfectos, repetidos. Sin épica. Sin espectáculo.

La manifestación, si quiere ser ética, tendría que aprender a convivir con la frase que no vende cursos: 

Puedes hacer todo bien y aun así no suceder. Y aun así vivir. Y aun así amar. Y aun así construir algo.

No es un mensaje bonito. Es un mensaje verdadero.

La cultura contemporánea vende certezas como si fueran vitaminas. Y cuando alguien está asustado, compra. Es comprensible. Pero hay una diferencia entre una creencia que te acompaña y una creencia que te juzga. Entre una práctica que te empuja a actuar y una doctrina que explica cada tragedia como falla personal.

La manifestación, como lenguaje, revela una herida de época: el miedo a no controlar. Y ese miedo no se resuelve decretando. Se habita. Se reconoce. Se acompaña.

Quizá por eso Romanos 4:17 —leído con cuidado— no es un permiso para jugar a ser dios. Es, más bien, un recordatorio incómodo… Hay cosas que solo el misterio sostiene. Y hay cosas que no se sostienen. 

Y en ese borde, lo único verdaderamente humano no es “vibrar alto”, sino permanecer sin maquillaje.

A veces, lo más espiritual —lo más existencial— es decir la verdad sin convertirla en método… Hoy no puedo con todo. Hoy la realidad pesa. Hoy no sé. Hoy sigo.

No tengo una frase para dejarte mejor… Te debo respeto. Y la promesa simple de no convertir tu vida en un “caso” ni tu dolor en una lección.

Germán A. DeLaRosa Autor de la serie CorazónValiente.

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