Mi viaje a través de la desconexión
Hay momentos en la vida que no solo nos duelen: nos desorganizan.
No rompen únicamente el futuro que teníamos planeado, sino también la idea que sosteníamos de quiénes éramos y hacia dónde íbamos.
Cuando Sharon, mi esposa, entró en cuidados paliativos, sentí que no solo la estaba perdiendo a ella. Se me caía también algo más silencioso y profundo… esa sensación de que mi vida tenía un rumbo, un “para qué” más o menos claro. Durante un tiempo, lo que llamaba propósito dejó de estar disponible. No desapareció con dignidad; se desplomó junto conmigo.
Este texto no es la historia de cómo lo recuperé paso a paso.
Es, más bien, el mapa incompleto de una desconexión con la que todavía convivo.
El día en que el propósito dejó de responder
El diagnóstico de cuidados paliativos vino con pocas palabras, pero con un peso insoportable… el tiempo era limitado, y nadie sabía cuán limitado.
La mente escucha los términos médicos; el corazón se aferra a cualquier rendija de esperanza, incluso si ya no queda mucha.
En teoría, era el momento de estar “más presente que nunca”, de “valorar cada instante”.
En la práctica, mi mundo interno se apagó.
El trabajo perdió sentido.
Los proyectos que antes me ilusionaban se volvieron irrelevantes.
Hasta mis pasatiempos quedaron suspendidos, como si pertenecieran a otra versión de mí que ya no estaba disponible.
No era que no quisiera hacer nada; es que todo parecía ridículo frente a la cama de hospital, los monitores, las decisiones que había que tomar. Me sentía como si caminara en piloto automático dentro de una maqueta… La misma rutina, los mismos trayectos, pero sin alguien adentro. El cuerpo se movía; el propósito no contestaba.
Hay una pregunta que me acompañó por meses, aunque a veces solo aparecía como un susurro cansado:
“¿Para qué sigo, si todo puede desmoronarse así?”
No tuve una respuesta clara. Todavía no la tengo.
El cuerpo al borde y la mente en otra parte
El rol de cuidador tiene una parte visible y otra que casi nadie ve.
Está la logística… medicamentos, horarios, exámenes, llamadas, firmas.
Y está el desgaste silencioso: la vigilancia constante, la culpa por cansarte, la imposibilidad de permitirte derrumbarte del todo porque hay alguien que depende de ti.
Con Sharon en la clínica, el sueño se volvió un lujo. Dormía a pedazos, alerta al teléfono, a cualquier cambio en su condición. El cuerpo empezó a comportarse como un animal en guardia: tenso, hipervigilante, siempre preparado para un “venga urgente” que podía llegar en cualquier momento.
En ese estado, hablar de propósito de vida se volvió casi ofensivo.
Mi propósito, si acaso, se redujo a algo mínimo y brutal… llegar vivo al final del día, estar disponible para ella, tomar las decisiones menos malas posibles.
Mientras tanto, la mente hacía su propia pirueta… una parte sabía lo que estaba pasando; otra se escondía detrás de la negación más sofisticada que encontré. Casi nunca decía “esto no es verdad”, pero me repetía:
“Todavía puede pasar algo.
Todavía quizá…”
La negación no era ignorancia, era anestesia. Me ayudó a no derrumbarme, pero también me dejó atrapado en un territorio extraño… ni aceptaba del todo la realidad ni podía planear nada más allá de la próxima visita médica.
Ahí, el propósito no se veía como un faro.
Se sentía más bien como un recuerdo lejano de alguien que tuvo energía suficiente para pensar en metas y proyectos.
Cuando la zona de confort se vuelve jaula
Después de la tormenta más intensa, llegó algo que se parecía a la calma.
No fue paz; fue rutina.
El mismo café todas las mañanas.
Las mismas tareas básicas.
La misma pantalla al final del día, más por inercia que por interés.
Al principio, esa repetición me sostuvo. La vida reducida a pocas acciones previsibles tenía algo de refugio: menos decisiones, menos sorpresas, menos riesgo de quebrarme en público.
Pero con los meses apareció una incomodidad distinta.
No era el dolor agudo del duelo; era una especie de adormecimiento.
No estaba particularmente triste, pero tampoco estaba vivo.
Las ideas que antes me encendían se quedaron en notas, pendientes en una lista que nunca avanzaba. Me escuché diciéndome “mañana lo hago” tantas veces que el mañana perdió credibilidad.
Ahí descubrí algo que no había entendido:
el agotamiento emocional no viene solo de hacer demasiado; también nace de pasar demasiado tiempo lejos de lo que nos importa, incluso cuando tenemos la agenda casi vacía.
Mi zona de confort no era un spa; era una jaula acolchada.
No dolía tanto, pero cada día me quedaba un poco más lejos de mí.
Lo que intenté para no desaparecer del todo
Durante ese periodo, probé cosas. No como técnicas para “recuperar el propósito”, sino como intentos torpes de no perderme completamente.
No fueron fórmulas ni pasos.
Fueron gestos mínimos:
- A veces escribía unas líneas en un cuaderno, no para entender nada, sino para poner afuera algo del ruido interno.
Muchas de esas páginas no llevaron a ninguna revelación. Pero al menos lo que me ahogaba dejó de estar solo en mi cabeza. - Empecé a caminar sin meta, solo para sacar al cuerpo de la silla. No eran caminatas conscientes ni entrenamientos; era literal: dar vueltas a la manzana para recordar que todavía tenía piernas.
- Me propuse tareas ridículamente pequeñas: responder un correo atrasado, ordenar un estante, lavar los platos sin dejar todo a medias. No me hacían sentir productivo; simplemente me recordaban que aún podía iniciar y terminar algo.
A veces estos gestos ayudaban un poco.
A veces no hacían ninguna diferencia.
Hubo días en los que ni escribir, ni caminar, ni ordenar nada cambiaba la sensación de estar desconectado del propósito y del mundo.
Y eso también fue importante aceptarlo: no todo lo que intentamos funciona.
Y no por eso estamos haciendo el duelo “mal”.
Cuando el propósito se encoge
En algún momento me di cuenta de que seguir buscando mi viejo propósito –ese relato grande, bien armado, lleno de sentido– era una forma de tortura.
No podía volver a ser el que hacía planes a cinco o diez años.
No podía seguir midiendo mi vida con la misma vara que usaba antes de ver a Sharon conectada a máquinas.
Me resistí mucho, pero el cuerpo fue más honesto que mi mente: cada vez que intentaba forzarme a “pensar en grande”, aparecía el cansancio, el vacío, la sensación de fraude.
Tuve que admitir algo incómodo:
por ahora, mi propósito no es grande.
Es mínimo.
A ratos, se reduce a:
- No lastimar a quienes quiero en los días en que estoy roto;
- No volverme completamente indiferente;
- Seguir hablando de esto con honestidad, sin adornos, aunque a veces resulte incómodo para los demás;
- Hacer espacio para mi propio cansancio sin disfrazarlo de aprendizaje.
No suena épico.
No parece titular inspirador.
Pero hoy es lo único que puedo sostener sin mentirme.
Lo que sí aprendí… y lo que aún no
Mirando hacia atrás, me cuesta romantizar nada de esto.
No diría que el duelo, el agotamiento y la zona de confort fueron maestros.
Fueron contextos en los que descubrí qué partes de mí se rompían primero y cuáles se resistían a morir.
La pérdida de Sharon no me “obligó” a encontrar un nuevo sentido.
Me dejó un vacío con el que sigo negociando cada día.
La negación no me enseñó a ser valiente.
Me mostró hasta qué punto soy capaz de protegerme de la realidad cuando aún no puedo soportarla.
La rutina no me llevó a un renacimiento.
Me reveló que quedarse quieto también cansa, pero a veces es lo único posible.
Sigo sin tener una definición redonda de propósito.
Y, por primera vez, no siento tanta urgencia de tenerla.
Si algo podría llamar propósito hoy, sería esto:
Intentar vivir de una manera que no traicione lo que Sharon significó para mí,
sin usar su ausencia como excusa para dejar de estar presente en la vida de los que siguen aquí.
No es un camino de vuelta.
No es una historia de recuperación.
Es apenas una forma decente de seguir andando con la desconexión a cuestas.
No sé si el propósito, ese con mayúscula, regresa.
Tal vez aparece de otro modo.
Tal vez nunca vuelva a ser lo que fue.
Lo único que puedo decir, con honestidad, es que sigo respirando dentro de esta desorientación. Y que, algunos días, eso ya se siente como un logro suficiente.
Nota del autor
Escribo esto todavía desde la mitad del camino, no desde la cima. No tengo un antes y un después nítido, ni un “desde que entendí esto, todo cambió”. Sigo acostumbrando el cuerpo a la ausencia de Sharon y la mente a la idea de que quizá nunca recupere el tipo de propósito que tuve antes de perderla.
Comparto estas palabras no porque haya encontrado la fórmula, sino porque me niego a seguir hablando del duelo como una etapa que se supera o como una escuela obligatoria de sabiduría. Si algo deseo con este texto es que quien lo lea se sienta un poco menos defectuoso por no tener respuestas, por no sentir “ganas de vivir” todo el tiempo, por vivir desorientado más de lo que cree aceptable.
Si este viaje mío tiene algún sentido compartible, es este: seguir siendo honesto, incluso cuando la honestidad nos deja sin discurso inspirador. A veces, lo único verdaderamente digno que podemos hacer con nuestro dolor es no maquillarlo.
Germán A. DeLaRosa –Autor de la Serie CorazónValiente
