Cuando el Propósito NO Llega
Notas sobre el duelo espiritual: Hablar de duelo espiritual no tiene que ver, necesariamente, con religión ni con doctrinas. Tiene que ver con el momento en que la pérdida rompe el mapa invisible que usábamos para orientarnos: lo que creíamos de la vida, de la justicia, de Dios, del universo, de nosotros mismos.
Hay muertes que no solo se llevan un cuerpo. Se llevan también palabras que antes nos sostenían: “todo pasa por algo”, “Dios sabe lo que hace”, “el tiempo lo cura todo”.
Después de la pérdida de un ser amado, muchas de esas frases no se sienten sabias… se sienten crueles o, en el mejor de los casos, ajenas.
A eso me refiero cuando hablo de duelo espiritual: no a una experiencia elevada, sino a la intemperie que queda cuando ya no creemos en las explicaciones que antes nos servían.
Cuando la pérdida rompe el contrato silencioso
Antes de que Sharon muriera, yo también cargaba un contrato silencioso con la vida.
Si amamos bien, si cuidamos el cuerpo, si hacemos “lo correcto”, entonces el universo, Dios, la estadística –llámalo como quieras– se portará razonablemente bien con nosotros.
Cuando la muerte llega de verdad, no como idea sino como fecha, ese contrato se rompe sin notificación previa. Y no solo lloras a la persona; lloras también el mundo donde creías que las cosas tenían cierta lógica.
Eso es parte del duelo espiritual: la sensación de haber sido expulsado de un relato donde todavía había cierta justicia poética. A veces, desde fuera, otros esperan que esa ruptura nos vuelva más sabios, más espirituales, más agradecidos.
Como si perder al amor de tu vida fuera un curso intensivo de crecimiento personal.
La realidad es menos elegante.
Hay días en que la pérdida te vuelve más hondo.
Y hay días en que simplemente te vuelve más cansado y más duro.
Ambas cosas son verdad. Ambas caben en el mismo corazón.
La tentación de convertir el duelo en lección
Después de la muerte, aparece una presión sutil –y a veces brutal– para “sacarle algo bueno” a lo que pasó.
Transformar el dolor en propósito.
Honrar al que se fue “viviendo al máximo”.
Encontrar el lado luminoso de la tragedia.
Lo escuchas en terapias, en libros, en conversaciones bien intencionadas.
Yo mismo lo dije más de una vez. Necesitaba creer que todo este sufrimiento iba a producir algo noble, algo que justificara el costo. Con el tiempo he descubierto que exigirle propósito al dolor puede convertirse en otra forma de violencia sobre uno mismo.
Porque, ¿qué pasa los días en que no sientes nada noble?
¿Qué pasa cuando lo único que hay es rabia, apatía, o una fe hecha trizas?
¿Qué haces cuando lo único honesto que puedes decir es: “Esto no tiene ningún sentido para mí”?
Si en esos momentos también te exiges crecimiento, terminas viviendo un duelo en dos capas:
el dolor por la pérdida y la culpa por no estar “aprovechando” el dolor como deberías.
Duelo espiritual: a veces no transforma, solo desordena
Cuando Sharon murió, durante un tiempo no hubo revelaciones.
No hubo paz superior.
No hubo claridad sobre mi “misión”.
Lo que hubo fue: noches en vela,
oraciones que se quedaban en el techo,
una casa que parecía la maqueta de una vida anterior,
preguntas dirigidas a un cielo que no respondía.
Eso también es duelo espiritual:
no sentir nada de lo que se supone que deberías sentir.
Con los meses aparecieron pequeños destellos.
No eran grandes iluminaciones, sino momentos mínimos en los que algo se acomodaba por un instante:
una conversación honesta con mi hijo,
la risa inesperada de mi nieto,
un amanecer en el que pude agradecer sin sentirme traidor.
Pero esos destellos no borran el absurdo ni convierten la muerte en pedagoga amable.
Son, más bien, pequeñas grietas por donde entra una luz que no explica nada, pero hace respirable el día.
Hoy no me atrevo a decir que “el duelo me transformó” como si fuera un mérito.
Lo único que puedo afirmar con cierta honestidad es que sigo aquí, un poco más roto, un poco más lúcido, y que intenté no volverme cínico del todo.
A veces, eso ya es bastante.
Un inventario honesto
En ese proceso, hubo preguntas que me ayudaron, no a encontrar propósito, sino a ver con claridad dónde se había roto mi mundo.
Te las comparto, no como tarea ni como técnica, sino como posibilidad de conversación contigo mismo.
No esperes respuestas bonitas. A veces lo único que aparece es rabia, cansancio o silencio. También cuentan.
- ¿Qué ideas sobre Dios, la vida o la justicia ya no puedo sostener sin mentirme?
- ¿Qué frases que antes me consolaban hoy me resultan ofensivas o vacías?
- ¿En qué momentos del día siento más intensamente la ausencia… y qué intento hacer para no sentirla?
- ¿Qué partes de mi fe –o de mi ausencia de fe– siguen en pie, aunque sea tambaleando?
- ¿Qué cosas pequeñas, casi insignificantes, me siguen conectando a algo parecido a lo sagrado: un gesto, una canción, una mirada, el silencio?
No hay que escribirlas todas, ni responderlas bien.
A veces basta con dejar que una de ellas te acompañe mientras miras por la ventana o lavas los platos.
El duelo espiritual no es un examen que debes aprobar, es una intemperie que, poco a poco, empiezas a habitar sin techo, pero con cierta dignidad.
Cuando el sentido es mínimo
Me llevo mal con las frases que prometen que “todo pasa por algo”.
Después de acompañar la enfermedad de Sharon y sostener su mano en el último aliento, no encuentro ningún “algo” que justifique su ausencia.
Si hay algún tipo de sentido, al menos para mí, es menor, casi doméstico: no gritarle al que está más herido que yo…
no usar mi dolor como arma,
no mentirme con esperanzas que no creo,
no maquillar su memoria para que otros se sientan cómodos.
Ese es, hoy, mi “propósito espiritual”, si necesito ponerle un nombre:
seguir siendo mínimamente decente en un mundo donde la muerte no tiene explicaciones satisfactorias.
Lo demás –los momentos en que el amor se siente más fuerte que la rabia, las veces en que puedo agradecer sin forzarme, los instantes en que siento a Sharon en gestos pequeños– lo recibo como regalo.
No como recompensa por haber aprendido la lección.
Cerrar sin cerrar
Podría decir que el duelo espiritual me hizo más profundo, más auténtico, más consciente.
A veces es cierto.
Otras veces no.
Hay días en que todavía miro al cielo con la misma pregunta infantil de siempre: “¿Por qué?”.
Hay noches en que toda la filosofía se reduce a una frase:
“Te extraño, y no sé qué hacer con esto”.
Tal vez ahí, en esa sinceridad sin respuesta, se juega lo más honesto del duelo espiritual.
No en la grandeza de lo que aprendemos, sino en la humildad de admitir lo que nunca entenderemos del todo.
Si hay una oración que todavía puedo pronunciar sin sentir que miento, es esta:
“No sé qué propósito tiene todo esto.
Pero mientras siga respirando, intentaré que mi dolor no destruya lo poco sagrado que aún me queda:
la capacidad de amar, incluso roto.”
No es una tesis.
No es una moraleja.
Es solo la forma más honesta que he encontrado, hoy, de seguir caminando entre ruinas sin perder del todo el corazón.
Germán A. DeLaRosa – Autor de la serie CorazónValiente
