Lo que el duelo le hace al cerebro cuando ya no hay nada que resolver

El ruido de adentro

Lo que el duelo le hace al cerebro cuando ya no hay nada que resolver

Hay un momento del duelo que casi nadie describe con precisión. No es el golpe inicial. No es el velorio. Ni siquiera esa primera vez en que uno dice “somos” por costumbre y la gramática se vuelve una herida.

Es más tarde.

Cuando el ruido de afuera baja, empieza otro. No el de la calle. No, el del hospital. No el de la burocracia que deja la muerte. El de adentro.

Quien ha perdido a alguien lo reconoce enseguida, aunque no siempre tenga nombre para eso. Es esa experiencia extraña de estar en la cocina haciendo algo mínimo —lavar un plato, esperar que hierva el agua, mirar una taza sin verla del todo— y descubrir que, en realidad, ya no estás completamente ahí. El cuerpo sigue. Las manos cumplen. El gesto sale casi solo. Pero por dentro algo se pone en marcha y vuelve a una ruta conocida, demasiado conocida.

Durante mucho tiempo confundí eso con pensamiento. Creí que estaba procesando lo ocurrido, dándole vueltas como quien intenta entender una escena difícil. Después vi que no era exactamente eso. Pensar, incluso cuando duele, tiene cierto movimiento. Una idea lleva a otra. Algo se acomoda, aunque sea apenas. Hay una deriva.

Lo otro no.

Lo otro se parecía más a un circuito.

Volvía a los mismos lugares, a los mismos tonos de voz, a los mismos pasillos. No traía nada nuevo. No resolvía nada. Solo repetía. Podía estar oyendo hervir el agua y, al mismo tiempo, escuchar una frase médica dicha con cuidado, un silencio demasiado largo después de una explicación, el sonido de una puerta cerrándose al final de un pasillo. El cuerpo en la cocina. La mente en otro tiempo.

Desde afuera puede parecer distracción. Desde adentro se siente distinto. Se siente como una mente que sigue regresando al lugar donde algo decisivo ocurrió, aunque ya no haya nada que hacer allí. Como si una parte del cerebro no se resignara a que la escena terminó y, peor todavía, a que terminó sin remedio.

Eso agota de una manera particular.

No es solamente cansancio. No se parece del todo al sueño mal dormido ni al desgaste normal de un día difícil. Es otra cosa. Una fatiga sin origen visible. Un gasto subterráneo. El cuerpo cumple con lo básico mientras otra parte sigue ocupada en una tarea imposible: revisar lo irreversible.

Por eso hay días en que el duelo no parece tristeza, sino desgaste. Cuesta concentrarse. Se vuelve difícil sostener una conversación entera. Cuesta terminar algo simple sin que la mente se vaya, por un instante o por varios, a la misma escena. No porque uno quiera. No porque esté cultivando el dolor. Simplemente porque hay algo adentro que todavía no acepta que ya no puede intervenir.

Durante meses viví, además, con una sensación extraña de urgencia. Como si hubiera algo pendiente. Algo por llamar, por coordinar, por corregir. Un examen. Un especialista. Un medicamento. Una decisión. Una gestión. Me descubría queriendo hacer algo: levantarme, buscar, confirmar, resolver.

Y no había nada.

La pérdida ya no admitía gestión. Lo que quedaba no era una tarea, sino un peso. Pero el cerebro que venía de meses de vigilar, anticipar y responder tarda en aceptar que esta vez no hay procedimiento posible. El impulso sigue encendido, aunque el territorio donde antes operaba haya desaparecido.

Tal vez por eso una de las preguntas más traicioneras del duelo no llega en forma de argumento, sino de insinuación. A veces cabe en dos palabras.

¿Y si…?

¿Y si hubiéramos ido antes?
¿Y si yo hubiera insistido más?
¿Y si esa decisión hubiera sido otra?
¿Y si aquella noche hubiera entendido algo que no entendí?

No llegan como razonamientos completos… llegan como rendijas. Y durante un segundo esas rendijas parecen lógicas. Parecen incluso útiles. Como si todavía existiera una combinación no intentada, una palabra que faltó, una variante de los hechos que pudiera devolverle al mundo algo de orden.

No lo devuelve.

Pero la mente insiste porque le cuesta aceptar la brutalidad desnuda de lo irreversible. A veces preferimos la culpa a la impotencia. No porque la culpa sea más llevadera —no lo es—, sino porque al menos parece ofrecer una tarea. La impotencia, en cambio, no deja instrucciones.

Hay algo profundamente humano en ese intento de encontrar un error, una fisura, un punto donde la historia pudo haber cambiado. No siempre nace del orgullo. A veces nace del amor. De ese amor que no sabe quedarse quieto frente a una pérdida y sigue buscando, aun cuando ya no hay nada que encontrar.

Los relatos más conocidos sobre el duelo suelen explicar esto mal. Hablan de etapas, de aceptación, de procesos casi didácticos. Pero muchas veces no se vive así. Muchas veces se vive como una oscilación agotadora entre dos cosas que no terminan de excluirse… la necesidad de hallar una causa soportable y el espanto de aceptar que quizá no la hay.

Durante un tiempo intenté pelearme con ese circuito. Quise corregirlo. Callarlo. Ganarle por cansancio. No funcionó. El duelo no se deja ordenar por decreto, y menos cuando adopta la forma de una repetición interna que parece tener vida propia.

Lo único que, en algunos momentos, modificó algo fue un gesto pequeño: trasladar parte de ese ruido fuera de mí.

No hablo de escribir para entender. Ni de convertir el dolor en una lección. Hablo de algo más modesto. Tomar una libreta una noche cualquiera y pasar unas pocas líneas al papel. Tres o cuatro líneas. Letra mala. Sin estructura. Casi una transcripción.

El circuito no desaparecía por eso… volvía. Esa misma noche, incluso. Con la misma intensidad. Pero ya no estaba completamente encerrado. Una parte había pasado a otro soporte.

A veces la diferencia no está en resolver nada, sino en no tener que sostenerlo todo adentro. No es alivio en el sentido heroico de la palabra. Es apenas un poco más de aire. Y en ciertos días del duelo, eso ya es mucho.

Esto también importa para quien acompaña.

La persona que repite una historia, que vuelve a la misma escena, que parece quedarse detenida en un punto, no necesariamente está atascada en el sentido moral con que usamos esa palabra. Muchas veces está lidiando con una maquinaria interior que todavía no entiende que la emergencia terminó, aunque la pérdida siga. Y tratar de arrancarla de ahí a punta de consejos suele empeorarlo todo.

Acompañar, a veces, consiste en algo menos brillante y mucho más difícil… Quedarse.

Escuchar sin exigir novedad. Soportar que la misma historia vuelva sin pedirle otra forma. No convertir cada silencio en un problema a resolver. Hay dolores que no necesitan corrección inmediata, sino un lugar suficientemente humano donde existir sin ser apurados.

También hay que decir algo incómodo: para quien acompaña, escuchar la repetición puede resultar extenuante. La tentación de empujar al otro hacia una versión más ordenada, más funcional, más avanzada de su duelo aparece rápido. No siempre por crueldad. Puede nacer de la impotencia, del miedo o de esa confrontación brusca que produce ver el dolor ajeno sin poder arreglarlo.

Pero el duelo no mejora porque alguien lo apure. Mejora —si esa palabra cabe— cuando el sistema empieza a registrar, muy lentamente, que ya no necesita vivir en alerta total. Y ese registro no llega por sermón. Llega por acumulación de experiencias donde nada exigió defensa inmediata. Donde la mente pudo aflojar un poco sin que el mundo se derrumbara otra vez.

Con el tiempo, ese circuito cambia. No siempre de una manera visible. A veces solo ocurre que un día, mirando hacia atrás, descubres que hubo una tarde completa en la que la mente no volvió tantas veces. O que volvió, pero no ocupó toda la habitación. O que la escena llegó y se fue sin arrastrarte entero detrás de ella.

No es superación. Esa palabra, tan limpia, le queda mal a casi todo lo que importa de verdad.

Se parece más a un reacomodo silencioso. A un margen nuevo entre una repetición y la siguiente. A una forma lenta, muy lenta, en que el sistema empieza a entender que ya no puede salvar a nadie retrocediendo una y otra vez sobre la misma herida.

Escribo esto sin ánimo de ofrecer un mapa definitivo. Lo escribo porque nombrar con precisión lo que ocurre adentro también es una forma de dignidad. Hay experiencias del duelo que se vuelven un poco más habitables no cuando desaparecen, sino cuando dejan de parecer una rareza vergonzosa.

Ese ruido interno no es debilidad. No es una falla moral. Es, muchas veces, la forma en que una mente protectora sigue intentando hacer su trabajo cuando ya no hay nada que proteger, solo una pérdida que aprender a habitar.

Y habitar no es lo mismo que resolver.

Germán A. DeLaRosa

A veces es solamente esto… quedarse en la cocina mientras el agua hierve, notar que la mente se fue otra vez a otro año, y saber también que el cuerpo seguirá aquí cuando regrese.

No como victoria.
No como lección.
Ni siquiera como paz.

Solo como una descripción honesta de lo que, a veces… es seguir.

Germán A. DeLaRosa – Autor de la serie CorazónValiente

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